Hablo.

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Photo by Miguel González.

Te estoy hablando pero aún no me escuchas.

Estoy frente a ti y te toco, en tantos tiempos y formas y lenguajes. Pero no te toco.

Y ése que ves, no es un parpadeo, es el segundo en el que te miro para mis adentros, miro el retrato grabado en cada rincón de mis pupilas, jugueteando maliciosamente en mis anhelos.

Y te escribo, y te borro, y te pienso, y te nombro. Comienzo a desearte, en cualquier verbo, en gerundio.

Ya hacia el final de lo que no es más que algunos insuficientes minutos, [cuando casi me he rendido], apenas te deletreo, pero aún, no te traduzco, ni te conozco.

Entonces la noche pasa, mientras tu mirada es otro horizonte, y tus labios son otra conversación y un montón de personajes, historias, temas o trivialidades. Se desvanece tu voz y sé que estoy ausente, porque ya me he ido a recorrer el desorden en tu cabello, a que mis huellas se aprehendan a las constelaciones que dibujan tus pecas al norte. Y vos sigues hablando y quizá ya no te escuche, pero ya mi boca reinventó tu boca, y mis pensamientos desvistieron tus tensiones, y tu piel a mis deseos, y tus manos se volvieron mis océanos.

Así, en un par de parpadeos somos un amasijo de otras tantas cosas que nunca hemos sido

[O seremos.

Pero tú miras al vacío, y yo sonrío, en ésa dulce, breve y silenciosa complicidad, tomo mi copa y sólo

sonrío].
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Respuesta a una carta nunca escrita.

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ImagePhoto by Raquel Fereira

 

 

Caracas, 23 de Septiembre de 2013

 

Aún te niego, amor.

No importa qué tanto te nombren mis manos o mis silencios; a cada suspiro le faltas.

Te vivo a pesar de los pretextos y de la distancia, a pesar de nuestras reglas y el terco empeño en mantenernos alertas, de encerrarnos en nuestras soledades; esas que un capricho de la geografía colocó a tantos kilómetros de diferencia.

Sé que no puedo ceder, aunque tu abismo me arrastre en cada una de esas sonrisas que mis labios anhelan deshacer a besos; sé que no puedo,  aunque mi piel sólo desee arder en el  infierno que envuelve la tuya; porque sólo tu nombre recorre hasta el borde de mi sombra.

Eres el respiro que enciende mis letras, el poema que aún no me atrevo a escribir porque no es lo suficientemente perfecto; perfecto en las imperfecciones que constituyen tu humanidad y la mía. Eres ese sueño de piel blanca que se enganchó en cada de una de mis noches; mi silencio favorito y a veces, mi razón a destiempo.

Y me preguntas qué siento, cómo si las palabras pudiesen fijar los límites de este sentimiento, como si no fuese suficiente huir a diario de las esperanzas de coincidir contigo alguna vez;  como para también tener que huir de esa respuesta.

 Lo que siento, amor, es cada una de esas cosas que se leen entre líneas y silencios, justo eso que no puede escribirse pero que sobrevive a los kilómetros como pocas cosas logran hacerlo.

Tenés razón, sigamos negándonos, porque es más sencillo y más seguro mantenernos aquí , al ras del suelo, contemplando desde lejos la verdad de nuestros cielos.

Te quiero.

Minientrada

 

¿Cómo sujetar mi alma para
que no roce la tuya?
¿Cómo debo elevarla
hasta las otras cosas, sobre ti?
Quisiera cobijarla bajo cualquier objeto perdido,
en un rincón extraño y mudo
donde tu estremecimiento no pudiese esparcirse.

Pero todo aquello que tocamos, tú y yo,
nos une, como un golpe de arco,
que una sola voz arranca de dos cuerdas.
¿En qué instrumento nos tensaron?
¿Y qué mano nos pulsa formando ese sonido?
¡Oh, dulce canto!

Canción de amor

R. M. Rilke

 

¿Para qué celebrarte un día cuando puedo hacerlo todos los que restan?

Celebrarte en cada beso, en cada caricia, mirada y desencuentro; en cada arrebato que consume, que es fuego y ceniza: vida, y quizás con suerte, también recuerdo.

Y puedo vivir este tiempo, respirar este instante sin promesas, sin expectativas; sin  mañanas.

Y puedo elegir no aferrarme a tu humanidad, mantener la distancia, preservar el resguardo de mi alma y la tuya; de tus intereses y los míos.

Te vivo como me pediste; te siento como yo elijo.

Y me aferro a tus silencios como tus mejores respuestas, como las más sinceras, vacías de posibles traducciones; de falsos significados.

Me aferro a lo que para otros parece estar oculto.

Me aferro, deba o no hacerlo.

Y en mis sueños soy yo quien te sujeta ligero y esquivo, sin que importe la incertidumbre o el riesgo: soy yo quien te sujeta.

Quererte con nuestras promesas sencillas, o mejor sin ellas.

Para tomar un té una que otra tarde, para fotografiar paisajes y reinventar nuestras maneras.

Para derribar nuestros paradigmas y quizás con ello aprendernos sin disfraces.

Quererte un día, un momento, un instante a la vez, con las huellas en el presente; sin trazar caminos en otro tiempo.

Quererte con todos mis verbos en gerundio.

Quererte sin tácticas ni estrategias, sin 20 poemas de amor y ninguna canción desesperada.

Quererte porque eso quiero hoy y no sé mañana.

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Muero

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Muero por ser esa caricia que juega con la libertad de tu cabello, que se desliza por la suavidad de tu rostro sin querer más horizontes que aquellos que se ocultan en tu piel.

Muero por ser ese abrazo tan grande que arrope tu mundo y todos sus instantes. Ser el abrazo al que sin dudas siempre quieras volver.

Muero por ser el tiempo en el que se queden tus lugares.

Muero por ser los besos que te roben el aliento, que se adueñen de cada silencio, esos que se vuelven adicción, necesidad desmedida.

Muero por sentir mis manos conjugadas con las tuyas, entrelazadas ante cualquier camino, ante cualquier reto.

Muero por ser la poesía que sigan escribiendo tus manos. Por seguir siendo el impulso detrás de cada palabra.

Muero por ser de ti, para así ser de mí.

Muero porque el hoy, ya sea futuro para sumergirme en esos días en los que me adorne tu presencia.

Muero por quedarme allí, abstraída ante tu mirada y toda esa alma de la que se llena, esa que he aprendido a querer sin restricciones, sin límites o barreras.

Muero por susurrarte al oído todas mis verdades, esas que también son tuyas.

Muero por dejarte notas en cualquier sitio, porque mis palabras siempre sean sorpresa, siempre sean alegría, siempre sean de ti.

Muero por observar el brillo de esa sonrisa tuya, por escuchar su sonido siendo el mejor paisaje, el único que siempre querré admirar, querré sentir; en el que siempre querré vivir.

Muero por tener que ver con tu felicidad, con tus alegrías, siempre.

Muero por tenerte en las cosas sencillas, y en las complejas, en las cotidianas y las extraordinarias

Muero por existir cuando sea tu voz la que me pronuncie.

Muero y sin embargo, no habrá más vida que cada una de esas pequeñas muertes.

Por ti, yo muero, vida.

Días lentos

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De esos días en los que amaneces con la tristeza acumulada en los ojos, con los recuerdos cercanos y claros.

De esos días en los que la palabra extrañar se hace insuficiente para describir lo que sientes, pues te abriga la necesidad: el necesitarte.

El tiempo pasa releyendo viejas líneas llenas de lo que ahora parecen afirmaciones inciertas.

Y me acosan las dudas y las mismas punzantes preguntas; siempre preguntas de respuestas mudas.

No subestimes el poder de tu silencio, es abismal, casi tangible.

Días en los que extraño tu sonrisa desconocida, en los que te he vuelto poesía en las líneas instintivas de mis cuadernos.

Días en los que te has convertido en esos pensamientos constantes que se confunden con aparentes distracciones.

Días en los que sigues presente, aunque no estés sino de formas vanas.

Intentando convencerme de que esta distancia no me pertenece, de que no soy el motivo, a pesar de que todo señale lo contrario, así son mis días.

Días de lágrimas inesperadas y de escasas sonrisas ensayadas. He sabido que no son convincentes a pesar del esfuerzo.

Y haré de estas líneas quizás una súplica, o quizás un adiós bien dibujado.

Días en los que les he reclamado a las manecillas tan sosegado paso, paso que solo acentúa tu ausencia.

Días en los que los sueños se han hecho amargos, ya que tu voz no los ha dejado en la puerta.

Así están mis días, desde que te convertiste en este silencio, personal y exclusivo.

A F. Ariza

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Leerte y agradecer ser mujer.

Leerte y abrir la mente, la imaginación, el alma.

Leerte y sentir que las letras tientan los deseos, los más perversos.

Leerte y olvidar los miedos, el pudor.

Leerte y acomodarme en mi desnudez, desprender sensualidad.

Leerte e invitar a nuestras manos a aventurarse en algún cuerpo ajeno; o propio.

Leerte y construir fantasías, salvajes, extremas, viscerales.

Leerte y derribar tabúes.

Caballero de  sutiles  disculpas ante quienes  aún viven bajo una idea de falsa moral.

Leerte y amar esa hermosa y seductora osadía, ese valor para hablar sin reservas de lo que el cuerpo demanda y le satisface.

Hablante de sí y de muchos que se identifican desde el silencio de sus miedos.

Son amor tus letras, fuego que humedece de manera involuntaria esas deseadas tierras de algunos.

Para mí, respetable señor  de una excitante poesía, de alma noble y sincera, que no teme a los prejuicios, que vive al límite de lo que su cuerpo exige.

Rey de la pasión por la escritura, por la divinidad que lleva consigo esa mujer,  esa musa lejana ante la que tus lectores somos envidiosos ciegos. ¡Bendita musa!, que haces que las líneas fluyan de las  perversas manos de este ser para muchos oscuro.

Sé que tus manos tienen mejores destinos, pero ojalá nunca abandonen este amor por las letras.

A quien disfruta de los placeres de las pieles, a quien se reinventa al escribir, a quien respeta la libertad de nuestras mentes cerradas, a quien nos invita de manera sublime a disfrutarnos  poro a poro, fluido a fluido, respiro a respiro.

A quien admiro y admiraré en todas sus letras.

A quien le escribe al amor tangible, de sangre y carne.

A ti eratista por convicción, mi más profunda y sincera admiración.

 

De mis soledades y otros efectos.

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Me amenazan los silencios más que las hirientes respuestas.

Tengo la certeza esquiva y la duda plena y certera.

Atravieso las vías  perdida en medio de la inconsistencia de todos estos vagos pensamientos.

Comienzo a buscarte en medio de las líneas, entre el respiro de una palabra y otra.

Siento como te apoderas de las horas, de los insomnios, decidido y aplastante.

Te siento cerca, pero estás lejos. ¿Realmente estás?

Los recuerdos por vivir azotan mi mente cansada; los  anhelos desgastados de otros tiempos que revivieron las llamas.

Trato de acallarte, pero es inútil. Sigues presente en la ausencia, en las palabras que aún no he escrito.

Siento tu abrazo avasallador en la soledad, la calidez de tus palabras  y el vacío sin medidas en el centro del pecho.

Te siento.

Tú, ese océano de imprecisiones, soberbio y preciso, exacto y perfecto. Siempre visceral y complejo.

La oportunidad seductora que me llama al abismo. Tú, y tu montón de hermosas líneas que inundan mi horizonte hostil.

Te confino en mis notas, esas desdibujadas de mis cuadernos. Te escribo sin que existas, sin que seas presencia clara y notoria.

Mis manos apuestan a ti, aún sin conocerte. Mi piel anhela tus líneas, relatadas en besos.

Te escribo para que seas real, para darte un lugar en mis adentros.

Seguiré siendo la isla en la que no naufragarán tus besos.

Los brazos abiertos en donde no buscarán abrigo tus desventuras.

¿Qué peor destino que ese y el de todas mis soledades?

Me quedaré con mis dudas y sus vestigios, con esa eterna pregunta sin respuesta.

Solo me queda el despiadado silencio, apoderándose de cada centímetro de esta habitación vacía.

Bienvenido dolor, tan personal, tan mío, en todos los sentidos.

Y aún sin haberte tenido lloraré tu ausencia, la muda despedida, las palabras que ya no te implorarán.

Miraré atrás y te encontraré en la poesía, en las líneas rebeldes y subversivas que alteran mundos y maneras.

Te recordaré en blanco y negro, como mis imágenes favoritas, como se honran los recuerdos, los mejores.

Tú fuiste la pregunta, yo me negué a ser la respuesta.

Serás el único árbol, del que forjaré un libro.