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09:20pm… ¿No les pasa que los últimos minutos de clases son los que transcurren más lento que todos los demás? En fin. Era viernes, quedaban menos de 10 minutos de clase para decirle adiós a la universidad por varios días, no es que me quejara realmente, estaba demasiado absorta en mi libro de Duma Key, y afortunadamente el chico que se sentaba delante de mí, era lo suficientemente alto como para ocultar mi pasatiempo favorito durante la clase de cálculo.

De pronto el sonido habitual de los cuadernos cerrándose y las cartucheras abriéndose, interrumpió la concentración de mi lectura y supe así  que había terminado la clase de aquel día. Suelo sentarme entre los últimos de la fila, así que no me apresuro en recoger sino que por el contrario me tomo toda la calma al hacerlo, mientras espero que todos los demás despejen mi camino hacia la salida.

Una vez que guardé todo el desorden que había en mi pupitre, tomé mi libro y me dirigí hacia la puerta aún leyendo. Justo al comenzar a atravesar el umbral, sentí que las luces del salón se apagaban a mis espaldas,  lo cual me pareció extraño porque siempre soy la última en salir, sin embargo, no solo eso llamó mi atención, de manera repentina, todo se volvió algo confuso.

Sentí una mano que me sujetaba del brazo y me halaba de nuevo hacia el interior del salón mientras cerraba la puerta tras de sí. Mi libro cayó haciendo un ruido sordo contra el suelo junto con mi morral, -el cual no había colgado aún sobre mi espalda- todo esto como consecuencia de la gravedad y de la repentina torpeza de mis manos. En cuestión de segundos había pasado de la puerta a  estar contra el frío pizarrón acrílico y con una respiración calmada y cálida que se extendía por todo mi rostro. No tuve tiempo de pensar o de reaccionar, al menos no de la manera más convencional, o socialmente aceptada-esperada, solo distinguí una pausa en esa respiración que había comenzado a socavar el raciocinio de mis sentidos, durante la cual los labios que tenía cerca de mí en ese momento, habían susurrado un par de palabras en mi oído que nunca logré traducir, el deseo ya estaba haciendo de las suyas en cada una de las extremidades de mi cuerpo.

Acto seguido los labios de ese desconocido se deslizaron sobre mi mejilla culminando su lento recorrido en mis labios, primero despacio, como solicitando indulgencia, luego a medida que transcurría el tiempo y viendo que no existía la menor señal de rechazo por parte de los míos, la  timidez se fue convirtiendo en una suerte de intensidad suave, atractiva, y seductora.

No sé cuánto tiempo pasamos en esa aula oscura, levemente iluminada por la claridad de la luna que se colaba entre las rendijas de las ventanas ya cerradas, pero mientras estuvimos allí, presos por nuestros labios que recién se conocían, escuchábamos voces y risas que provenían de afuera, de ese mundo de corredores palpitante de estudiantes que en ese instante nos era tan ajeno.

Más pronto de lo que podríamos haber esperado, nuestros cuerpos nos pedían más que besos y un simple juego de caricias, ya no eran solo nuestros labios los que se pedían con locura y desenfreno. Despacio comenzó el festín de nuestros dedos ansiosos que con cierta torpeza, pero sin miedo, comenzaron a desvestirnos mientras nuestros labios seguían incansables en la mejor tarea que les habían asignado en todo el semestre. De seguro en cualquier otra actividad de esa materia, no habríamos hecho tan buen  equipo, no hubiésemos logrado tal acoplamiento.

Ya el suelo se hacía insuficiente para nuestros pies, así que tomamos posesión de ese antiguo y desgastado escritorio que de seguro nunca había presenciado tan magistral clase desde su incorporación en ese recinto universitario. A pesar de ser tan extraños, mi pecho, ya desnudo, parecía amoldarse de forma perfecta al suyo, mientras mis manos recorrían su espalda con suaves e intensas caricias llegando hasta su cabello, en donde se enredaban, se perdían, y jugueteaban con un dejo de ternura.

Así,  el silencio se iba apoderando de los pasillos y ese olvidado salón de nuestros gemidos.

Mi lengua se volvió el mejor instrumento para recorrer la geografía de su cuerpo, comenzando desde su pene, en donde el recorrido fue más pausado y comenzó a volverse más rítmico mientras sentía que la fuerza de sus manos me pedía en silencio que me detuviera allí mucho más, así como luego mi lengua ambiciosa quiso seguir recorriendo esa anatomía que parecía ser tan excelsa. A pesar de las sombras, de la oscuridad, era fácil distinguir un abdomen delgado, era tan fácil disfrutar con el gusto, el tacto y el olfato, de esa piel tan suave, de ese pecho que incitaba a hacer de él, el mejor remanso.

Como sea y un poco en contra de su voluntad mis labios comenzaron a subir por su abdomen alternando con mi lengua que no podía dejar de disfrutar también de ese manjar lleno de una dudosa mortalidad. Ambos se detuvieron  un poco al encontrar sus pezones, duros de excitación, y mientras sus manos apretaban con una incipiente fuerza mi espalda, mi lengua jugueteaba traviesa con su nuevo par de amigos. Me gustaba disfrutar del silencio que quedaba tras la puerta porque hacía más placentero el sonido de nuestros gemidos, y ya de nuevo frente a frente, podía sentir que sus ojos de mirada intensa me desvestían aún más en la oscuridad, fue allí cuando ya esos genitales que tanto nos describieron en otrora clases de biología o salud, se habían fundido ansiosos en eso para lo que se hicieron. Aquí, no había cabida para romanticismos.

Con cierta presteza los movimientos se fueron rebelando, y comenzaron a hacerse más intensos, reclamando mayor energía, fuerza y dedicación de nuestra parte. Mientras él seguía devorando mis labios todo mi cuerpo se estremecía de una forma casi absurda ante los suaves deslizamientos de sus dedos sobre mi espalda. Su lengua también se volvió salvaje e indómita y quiso recorrer nuevos lugares, bajando hacia mis senos en donde se quedó un momento mientras su mano se deslizaba segura hacia ese lugar debajo de mi vientre en donde ya esa zona húmeda lo esperaba con inexplicables ansias.

Poco a poco, sus manos, sus brazos, parte de su alma se volvieron mi prisión, una prisión en la que valía la pena ser condenado de por vida.

De haber estado lleno el salón hubiésemos sido la clase más interesante que cualquier estudiante hubiera podido presenciar. No hubiese ningún chico distraído escuchando música en su Ipod, o alguna chica solitaria devorando algún libro de suspenso desde los últimos pupitres. Nos volvimos los mejores maestros en materia de placer, porque a pesar de ser desconocidos habituales, a pesar de no cruzar palabras, solo gemidos y sollozos, nuestros cuerpos resultaron ser bastante sociales, bastante complacientes, entes conspirando para alcanzar su recién descubierto objetivo: satisfacer cada pequeño deseo, antojo y  petición silenciosa del otro. Sobre la lisa y fría superficie de ese escritorio en donde sólo habían quedado restos del ADN de cuanto profesor hubiese adoctrinado allí, ahora estaban nuestros cuerpos, húmedos, extasiados, sedientos, porque después de todo, aquellos minutos no serían suficientes. Ambos lo sabíamos.

Ante ese repentino pensamiento de dejadez, logré apresarlo con mis piernas, temiendo que pudiera escapar de aquel lugar, pero resultó que su cuerpo correspondió ante aquella medida acercándose mucho más al mío, como si aquel pensamiento hubiese sido compartido. Sentía que me perdía en el estupor mientras mi desconocido tuvo que callar mis gemidos a besos porque ya habían alcanzado decibeles de alarma, y ninguno de los dos quería ser interrumpido, descubierto, a pesar del plus que esa adrenalina le brindaba a nuestro encuentro, y menos habiendo alcanzado el punto máximo, ese orgasmo tan sentido, tan disfrutado de tantas maneras físicas y psicológicas.

Hubo una pausa en la cual mi nariz curiosa quiso disfrutar de su olor, y mis labios, los alumnos más inteligentes de aquella clase magistral, ansiosos quisieron hacer un esfuerzo especial al pasar cerca de su cuello, aquel era un espacio que debía disfrutarse como ese paisaje que anhelas ver al finalizar un largo y tedioso viaje. Mi boca comenzó a deslizarse poco a poco con besos breves, cubriendo cada poro, y luego se unió al juego mi lengua, que tímida lamía de a poco rincones muy bien elegidos de ese lugar tan perfecto, para luego complementar con lentos y sutiles besos. Besarlo era tan placentero. En su cuello encontré el placer de muchos de mis sentidos, mientras mi vista recreaba los gestos de su rostro, mi olfato disfrutaba de ese olor tan fascinante y mis oídos se deleitaban con el  tono cadencioso y a tiempos desesperado de su respiración. No cabía duda de que esa era una manera de perder felices la razón, de volvernos animales ansiosos de más piel, más pasión, más placer, por culposo que pudiese ser. Teníamos algo en común, éramos ambiciosos e inconformes.

Una vez que disfruté de su cuello, continué mi ruta de nuevo hacia sus labios. No podía dejar de morderlos de una manera suave y a la vez con fiereza. Mis labios se volvieron egoístas, caprichosos, sentían que besos y labios como los de él tenían que pertenecerle, tenían que ser sólo suyos y no de otra boca con algún título superfluo como novia, amiga con derecho, amante, o cualquier otro mutuamente elegido y pactado entre él y esa desconocida que desde ya envidiaba.

Fue así como llenamos nuestros cuerpos de una historia más, y ambos disfrutamos de esas historias dejadas por otros cuerpos que aminoraron nuestra inexperiencia.

Fue interesante vivir todas esas clases de ciencia y salud que ya parecían tan lejanas. Fue en demasía satisfactorio conquistar cada parte de su cuerpo, cada centímetro de sus labios, capturar el sonido de cada una de sus respiraciones entrecortadas.  Fue placentero disfrutar de los fluidos que me regalaba su cuerpo, y ser parte del calor de su piel. La verdad es que no sabía quién era, no sé siquiera si alguna vez volteé a verlo en clase, en el cafetín o si quizás había tropezado con él en algún pasillo. No lo sabía, pero ni mi cuerpo, ni mi conciencia mostraban el menor arrepentimiento al haberse entregado a ese ser cubierto de oscuridad y de tanta luz a la vez.

Tanto placer no podía dejar de causar estragos en nuestra humanidad, y luego de alcanzar ese clímax, nuestros cuerpos se vieron en la necesidad de retomar la calma entre respiraciones agitadas que volvían a ese sosiego que no querían. Abandonamos nuestro improvisado lecho, y comenzamos a vestirnos de nuevo, en silencio. Pude percatarme de algo en lo que antes no había reparado, mi amante furtivo era bastante alto, un factor que sólo lo volvía más seductor, aún sin ser consciente de ello.

No nos despedimos. Interrumpir con palabras burdas aquel silencio tan elocuente, era acabar con la atmosfera tan intraducible que había en aquel lugar. Tomé mi libro que aún yacía en el suelo junto a mi morral y sin mirar atrás abandoné el salón sabiendo desde ese instante que en cada clase, seguiría abstraída, pero no porque mis ojos se deslizarían entre las páginas de un libro, sino  porque mi mente recrearía una y otra vez, aquella noche sin nombres, sin palabras, sin expectativas, sin preguntas, sin restricciones ni temores.

Nosotros, dos desconocidos, podríamos haber sido el más efectivo  método de enseñanza sobre cómo tener el mejor sexo casual en un lugar nada habitual. Decidimos que la teoría era demasiado ortodoxa, anticuada, aburrida, arcaica, y cualquier otro sinónimo relacionado con el hastío. Suprimimos los cánones habituales de aprendizaje, pasando directo a la práctica, sin preámbulos, sin introducciones ni conclusiones.

Nosotros, fuimos y seguiríamos siendo los cuerpos más eruditos que ese salón acogería entre sus muros.

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  1. A veces con tus palabras… me dejas sin palabras.
    Es -quizá- uno de los mejores post que he leído de ti. Excitación, adrenalina, deseo, pasión, tantas cosas que no esperé leer de tus manos, pero que para ser un primer intento, me dejan totalmente agradado. Y que sigan siendo así!

    • Viniendo de ti más agradada estoy yo. Fue un reto escribir este post, y bueno, lo disfruté de una manera especial porque representa una fantasía, que si bien no es mía, le corresponde a alguien que me agrada, también de una manera bien particular.

      Jajaja, no prometo que haya más como este, pero si la inspiración viene a mis manos, pues terminará siendo un revoltijo de palabras como el que acabas de leer.

      Me encanta que te haya gustado mi querido |Ed|

      Besos.

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