Cómplices

Estándar

Una vez más nos encontramos en el vacío de aquella habitación sencilla, en donde toda la iluminación provenía de un rayo firme de luna que se colaba a través de la ventana entreabierta.

Ambos sabíamos el motivo de aquella cita.

Fueron mis manos las que comenzaron a despojarlo de aquella indumentaria inútil, las que lo dejaban desnudo para la luna, para esas cuatro paredes, para mí. Con prisa me siguió, desvistiéndome más a besos que de otra forma, para darle  inicio al final de esta historia de furtivos amantes.

Tendida sobre la cama, lo esperaba delirante, llamándolo con cada poro colmado del más absoluto deseo, como las fantasías reprimidas que buscan un desahogo que no encuentran. Mi cuerpo reclamaba el suyo, y el tiempo que tendríamos allí no admitía desperdicios, no podíamos  regalarle tan siquiera un segundo más a la espera. Cada minuto debía consumirse a besos y caricias, debía desenvolverse en pasión, transformarse en placer insano,  desmedido y visceral.

Como quien ha esperado demasiado, se abalanzó sobre mí. Mi cuerpo plagado de soledades ya no yacía intranquilo y desnudo, era él quien me vestía de gala esa noche. Éramos dos entes que se fusionaban en uno, pieles que guardaban un secreto que se devela solo a la luz de nuestra tibia desnudez.

Se deleitaba posando entre sus manos mis senos de pezones erectos que esperaban con intranquilidad su boca, como mi sexo codiciaba el suyo, como quien busca y no halla su complemento exacto y utópico. Eran mis manos las que jugueteaban entre sus cabellos negros, mientras mis labios  besaban su frente perlada por el sudor.

Yo era la amazona extinta y vencida, guerrera doblegada ante el roce de sus manos, ante la intensidad de sus labios, ante el desasosiego de su cuerpo expectante, prisión en donde mi alma  acariciaba el éxtasis que emergía de aquel placer desmesurado y físico.

De a ratos se rendía ante mí y me observaba desde lo bajo como quien eleva la mirada para presenciar algo supremo y sublime, era allí cuando mi cintura encendida se envolvía en sus manos fuertes y seguras que pedían más de aquella gloria efímera.

La perfección sólo existía en la blancura y exactitud de su cuerpo a contraluz, en los secretos que me relataba su espalda mientras a besos la transitaba. En esa boca que descubría suave, sinuosa, voraz, y sincera como ninguna.

Vino a mí vestido de placer y pecado, imponente como un Dios, noble y sencillo como el más íntimo de los amantes.

Degustaba la magnificencia directa que me aguardaba en su boca mientras la fuerza avasallante de su pasión se arrollaba sobre mi cuerpo, hecho para él, de eso no había duda; yo le pertenecía en más de un sentido, en más de una forma, en esta entrega total como la primera, como la última.

Así pasaron las horas, envolviéndonos en luna, descosiéndonos la piel, bañados de oscuridad y llenos de esa luz peculiar que nos obsequiaba el orgasmo. No había prohibiciones, ni límites, ¿Cómo prohibirle al amor que me embistiera con toda su fuerza? ¿Cómo podría negarle a mi captor lo que a susurros entrecortados me pedía?

Fuimos tan solo un par mortales que se desentrañaban entre las sombras.

Si el amor se pagara con gemidos, esa noche supe retribuirle por todo aquello inmaterial que pudo traducir en caricias, por todas las palabras que nunca me dijo pero que en silencio me confesó.

Era él el templo en donde anclaría mi fe, cierto y tangible. Sería siempre el lugar en donde depositaría aquellos besos que nadie más merecía.

Nos fue envolviendo el frío de la madrugada, el despertar del rumor de las calles lejanas, mientras nos aferrábamos el uno al otro como si así pudiésemos detener aquel triste presagio. Dormimos sin otro arrullo que el de nuestras respiraciones exhaustas, sin otro anhelo que el de retrasar la mañana, sin otra aspiración que la de  llenarnos de olvido.

Fue así como presenciamos aquel amanecer puntual, y  como el humo  de su cigarrillo comenzaba a escaparse dibujando figuras en el aire.

Finalmente mi cuerpo admitía con resignación y certeza, que ya no habría manos que lo recorrieran de  una manera similar. Estaba impreso en mi piel y más allá de ella, como una huella indeleble y eterna.

Desde ese día engañaría a mi ambición que comenzaría a  buscar en líneas desdibujadas, rostros borrosos y cuerpos mortales, algo de su esencia única.

Abandonó el cuerpo desnudo de un Dios, para  envolverse en el de un hombre en apariencia normal. Lo vi marcharse  sin pronunciar las palabras que sentenciaban nuestra despedida, sin ambicionar siquiera un beso más de mis labios inconformes.

Era yo un cuerpo y un alma adolorida entre las sábanas revueltas.

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