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Las merezcas o no, todo este torrente de palabras te pertence.

Navidad

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Escapemos de las calles, de la multitud, de la algarabía.

Huyamos de la hipocresía de esta noche, de la falsedad envuelta en mensajes y abrazos vacíos.

Somos tú y yo la celebración sincera en estas horas llenas de estruendo, porque no hay mentiras en este deseo que emerge de nuestras pieles.

Están tus obsequios aquí, en la oscuridad, esperando la sorpresa de tus manos, el disfrute de tu boca.

Aquí, no necesitamos pretender que encajamos, fingir sonrisas, vestir de estreno. Todo lo que queremos esta noche, viene absoluto y sin envolturas.

¿Celebramos?

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Despedida

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Líneas a salvo, líneas sin ti.

Así como Neruda “puedo escribir los versos más tristes esta noche”, ésos que te han llamado tantas veces, ésos que te pertenecen enteramente, que te tienen como única razón para su existencia.

Me agobian las preguntas, dulce tormento que no termina de resolverse. Como siempre.

¿Quién pudiera no lamentarse de ser una gran nada?

¿Quién pudiera ser real y tener un nombre, un rostro?

¿Quién pudiera elegir tan perfectamente las palabras que se asemejen un poco a esto que siento, pero no digo?

¿Quién pudiera robarle elocuencia al silencio?

¿Quién pudiera verte esta noche, contemplarte pleno, y sin palabras?

¿Quién tendrá la dicha de descubrir realmente tu alma?

Ya no elevaré clamores para acercarte. He comenzado a irme un poco, y a la vez en definitiva, clara como la certeza.

¿Cómo es que duele aquello que no se ha visto ni se ha tenido?

¿Quién explicará el temblor en mi alma, el estremecer que arremete contra esta piel mientras escribe estas líneas?

¿Quién explicará las lágrimas que fluyen sabiendo que a ti pertenecen, que a ti te lloran?

Me he quedado de nuevo a oscuras. La luz me es esquiva. Te has ido, tan definitivo como la seguridad del abrazo de un amante.

Te he dejado ir, porque no tengo más que hacer. No se puede luchar de esta manera. No se puede luchar callando.

Te retendré aquí, en ese rincón  que habitan los recuerdos no perecederos.

Desnuda

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Entre las sábanas te espero anhelante, y desnuda.

Desnuda como conocí al mundo. Parecida a la libertad. Indómita, intranquila, salvaje.

Desnuda y sin pretensiones, sin disfraces. Sin otro accesorio más que el deseo.

Desnuda, imperfecta, etérea.

Invito a mi mano, mi dulce compañera esta noche, a descubrirme, a conquistarme. La adoctrino inútilmente para comenzar a extrañarte, a emularte entre mis piernas, húmedas de la excitación que solo tú me produces. Es ella quien engaña a mis ganas imitándote tan incorrectamente como parece serle posible.

Es mi vientre el lugar en donde morirán tus besos.

Son mis piernas la prisión a la que estás condenado.

Son mis senos en perfecta y silenciosa comunión con la gravedad, en donde tus labios, tus manos, deberán claudicar.

Soy yo el oasis que divisas en la distancia, que recreas en tu imaginación, insuficiente ante esta escena.

Mi desnudez: el inhóspito lugar que no ha descubierto la sabiduría que se desborda en tus manos, en tu boca perfecta.

Esta noche estoy desnuda, como escribí estas líneas, virgen, vacía, sin ti.

Cómplices

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Una vez más nos encontramos en el vacío de aquella habitación sencilla, en donde toda la iluminación provenía de un rayo firme de luna que se colaba a través de la ventana entreabierta.

Ambos sabíamos el motivo de aquella cita.

Fueron mis manos las que comenzaron a despojarlo de aquella indumentaria inútil, las que lo dejaban desnudo para la luna, para esas cuatro paredes, para mí. Con prisa me siguió, desvistiéndome más a besos que de otra forma, para darle  inicio al final de esta historia de furtivos amantes.

Tendida sobre la cama, lo esperaba delirante, llamándolo con cada poro colmado del más absoluto deseo, como las fantasías reprimidas que buscan un desahogo que no encuentran. Mi cuerpo reclamaba el suyo, y el tiempo que tendríamos allí no admitía desperdicios, no podíamos  regalarle tan siquiera un segundo más a la espera. Cada minuto debía consumirse a besos y caricias, debía desenvolverse en pasión, transformarse en placer insano,  desmedido y visceral.

Como quien ha esperado demasiado, se abalanzó sobre mí. Mi cuerpo plagado de soledades ya no yacía intranquilo y desnudo, era él quien me vestía de gala esa noche. Éramos dos entes que se fusionaban en uno, pieles que guardaban un secreto que se devela solo a la luz de nuestra tibia desnudez.

Se deleitaba posando entre sus manos mis senos de pezones erectos que esperaban con intranquilidad su boca, como mi sexo codiciaba el suyo, como quien busca y no halla su complemento exacto y utópico. Eran mis manos las que jugueteaban entre sus cabellos negros, mientras mis labios  besaban su frente perlada por el sudor.

Yo era la amazona extinta y vencida, guerrera doblegada ante el roce de sus manos, ante la intensidad de sus labios, ante el desasosiego de su cuerpo expectante, prisión en donde mi alma  acariciaba el éxtasis que emergía de aquel placer desmesurado y físico.

De a ratos se rendía ante mí y me observaba desde lo bajo como quien eleva la mirada para presenciar algo supremo y sublime, era allí cuando mi cintura encendida se envolvía en sus manos fuertes y seguras que pedían más de aquella gloria efímera.

La perfección sólo existía en la blancura y exactitud de su cuerpo a contraluz, en los secretos que me relataba su espalda mientras a besos la transitaba. En esa boca que descubría suave, sinuosa, voraz, y sincera como ninguna.

Vino a mí vestido de placer y pecado, imponente como un Dios, noble y sencillo como el más íntimo de los amantes.

Degustaba la magnificencia directa que me aguardaba en su boca mientras la fuerza avasallante de su pasión se arrollaba sobre mi cuerpo, hecho para él, de eso no había duda; yo le pertenecía en más de un sentido, en más de una forma, en esta entrega total como la primera, como la última.

Así pasaron las horas, envolviéndonos en luna, descosiéndonos la piel, bañados de oscuridad y llenos de esa luz peculiar que nos obsequiaba el orgasmo. No había prohibiciones, ni límites, ¿Cómo prohibirle al amor que me embistiera con toda su fuerza? ¿Cómo podría negarle a mi captor lo que a susurros entrecortados me pedía?

Fuimos tan solo un par mortales que se desentrañaban entre las sombras.

Si el amor se pagara con gemidos, esa noche supe retribuirle por todo aquello inmaterial que pudo traducir en caricias, por todas las palabras que nunca me dijo pero que en silencio me confesó.

Era él el templo en donde anclaría mi fe, cierto y tangible. Sería siempre el lugar en donde depositaría aquellos besos que nadie más merecía.

Nos fue envolviendo el frío de la madrugada, el despertar del rumor de las calles lejanas, mientras nos aferrábamos el uno al otro como si así pudiésemos detener aquel triste presagio. Dormimos sin otro arrullo que el de nuestras respiraciones exhaustas, sin otro anhelo que el de retrasar la mañana, sin otra aspiración que la de  llenarnos de olvido.

Fue así como presenciamos aquel amanecer puntual, y  como el humo  de su cigarrillo comenzaba a escaparse dibujando figuras en el aire.

Finalmente mi cuerpo admitía con resignación y certeza, que ya no habría manos que lo recorrieran de  una manera similar. Estaba impreso en mi piel y más allá de ella, como una huella indeleble y eterna.

Desde ese día engañaría a mi ambición que comenzaría a  buscar en líneas desdibujadas, rostros borrosos y cuerpos mortales, algo de su esencia única.

Abandonó el cuerpo desnudo de un Dios, para  envolverse en el de un hombre en apariencia normal. Lo vi marcharse  sin pronunciar las palabras que sentenciaban nuestra despedida, sin ambicionar siquiera un beso más de mis labios inconformes.

Era yo un cuerpo y un alma adolorida entre las sábanas revueltas.

Desconocidos habituales

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Ha pasado un largo tiempo ¿cierto? Tiempo en el que represé mis letras las cuales se  convirtieron en falacias intentando escribirle a alguien más las líneas que solo a ti te pertenecen. Mis letras, mis líneas, y yo nos hemos sublevado hoy, decidimos volver, por al menos el vestigio de esa sonrisa ante la cual soy una invidente más.

Antes de volver me he preguntado en innumerables ocasiones ¿Que mas podría decirte que ya no haya dicho?, ¿Podría construir un día cualquiera una composición lo suficientemente genial o brillante que lograra cautivarte de sobremanera?, ¿Podría acaso crear un puente de palabras que derrumbe la enorme distancia física y psicológica que hay entre tú y yo? ¿Podría buscar en el diccionario las palabras más rebuscadas y rimbombantes que traten de traducir hechos en las líneas más sutiles y prosaicas? Pienso que después de todo, este es solo un humilde y frágil intento de hacerte creer.

No prometo una magistral obra, solo un acercamiento a mi verdad. La verdad que por razones ya conocidas, solo se plasma en palabras, y no en hechos.

Es tiempo de hacerte una advertencia desconocido. He escrito estas líneas  solo para expresar lo que mi alma más que mi mente me ha estado pidiendo en este receso. De antemano te pido disculpas por lo que sigue: La descripción de quien creo, sueles ser.

Aquí voy.

Nos encontramos de nuevo sin encontrarnos, sin vernos, sin conocernos, sin pronunciarnos. Seguimos siendo esos desconocidos  habituales que no tienen nada más del otro que palabras bien escogidas y pensadas.

Imaginemos que alguna vez tuve una oportunidad de ser real, de estar allí, frente a ti, en el día a día o de forma extemporánea, y no en este tiempo que no transcurre, que no es.

Todavía quiero ser quien escriba las inmortales líneas que recordarás a pesar del tiempo, aunque no pertenezcan a tus autores predilectos. Esas líneas que hablaran de ti y que no perecerán en tu mente.

Todavía quiero ser quien se adjudique ese beso inventado por J.M. Barrie, el que nadie ha podido conseguir pero que está justo allí, balanceándose en la comisura de tus labios.

¿Puedo esta vez optar por alguna oportunidad? ¿Podemos seguir siendo esos desconocidos que intercambian unas cuantas palabras ocasionales, o que terminan inmersos en una conversación de mayor contenido que saludos o frases superfluas?, ¿Podemos compartir alguna recomendación de un buen libro o de una de esas canciones que hemos escuchado con los ojos cerrados y hasta el cansancio cuando nadie nos ve? ¿Podemos brindarnos algún consejo a pesar de nuestra absurda inexperiencia?

Dime que podemos y rebelaré no solo mis palabras sino mis acciones para ti.

Puede que seas esa decepción que deambula a diario en este mundo decadente, y de  ser así hubo algo que no mencioné antes, y es que esta extraña que te escribe se ha sentido más de una vez de la misma manera. También es oportuno decirte que, no puedes decepcionarme, pues no espero nada de ti.

Tal vez mi más ferviente e inconsciente deseo de hoy es convertirme en esa osadía que conquista el misterio que esconde tan perfectamente esa mirada impenetrable y profunda que ha viajado entre las líneas de tantos célebres autores.

Quien en lo más profundo pienso es el propietario de un alma tan hermosa y solitaria que se refugia en un cliché para alejarse, para evadir esos sucesos que alguna vez dolieron o que aún duelen.

Sigues siendo ese sueño irrenunciable que no se disipa al despertar, la certidumbre de saber que la pugna y el desafío son meritorios.

Ese  millón de conatos de líneas y versos que se vislumbran en esta mente ya agotada de pensarte.

El espíritu crítico que derriba certezas y origina con espléndido sarcasmo cuestionamientos sólidos.

Quien admira en silencio la sublime belleza que los demás ni siquiera llegan a considerar que existe.

La ausencia del miedo al que dirán.

Esa sugestiva invitación a pensar, a comprender y ver más allá de la superficie de las cosas, de las personas, de los simples actos.

La opinión poco frecuente, que no complace pero que es sin duda, la más sincera.

Mi  miedo persistente al rechazo que irrumpe y golpea tan contundentemente con inalienable silencio.

La defensa firme de tus principios, valores y opiniones.

El camino, la piel, la mente en la que deseo transitar.

Eres todo lo que desconozco pero que sé, me seguirá reteniendo como ese dulce manjar que evoca los mejores recuerdos perdidos en el laberinto del tiempo, el polo opuesto del imán, la palabra dura que alejaría a cualquiera, a todos, excepto a esta masoquista autodeclarada y asumida tan dignamente.

Pensaré que desde hoy seremos esa posibilidad que se convirtió en realidad a pesar de los pronósticos, entretanto, jugaré a acariciarte con palabras y versos cada vez que me provoque. Armaré un rincón en donde pueda escapar de la vacía rutina en la que vivo y en la que, indudablemente no estás, ni estarás más que en palabras enmudecidas.

A ti extraño, te pregunto: ¿Puedes contaminar este aire con la ya moribunda y consumida nicotina? ¿O podré robarla alguna vez de tus labios de forma furtiva con el sublime y ligero sabor de ese negro café?

¿Podrías desempolvar algo de ese espíritu que alguna vez confió y que ha sido domesticado en el tiempo para aprender a desconfiar?

De lo que no espero, solo esperaré estas respuestas.

De quien te admira en la distancia y el silencio.

I.A.

Spam

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De nuevo una hoja en blanco. Veamos que resulta de esta nueva madrugada, llena y a la vez vacía de ti.

Creo que mereces una respuesta más sensata a tu pregunta “¿Por qué yo?”. Aún sigo pensando en ella imaginando qué respuesta esperabas leer.

¿Por qué tu? ¿Realmente quieres saberlo? ¿Realmente quieres leer las palabras que aún no he dicho?, ¿la verdad más absoluta sin tanta poesía y tanto disfraz de por medio?.

Si así es, mi respuesta es esta.

Aún no logro definirte, ese es el motivo de mi gran frustración. Las cosas no han cambiado a pesar del tiempo. Sigues siendo tan desconocido como desde el momento en el que un clic  en el botón “+seguir” comenzó a regalarme fragmentos de tu pensamiento. Tan extraño a mí como desde el instante en el que me convertí en preguntas que respondes y descartas. Llegué hace unas 700 responses, y afirmaría casi con  una seguridad plena, que en efecto he leído sobre ti más que nadie y aún así no he logrado conocer siquiera una mínima parte de todo eso que eres.

Me sigues pareciendo ilógico, incongruente, inexplicable, odioso, *ríe buscando más adjetivos* terriblemente adictivo en muchos sentidos, ¿puede ser eso lógico acaso?, ¿puedes convertirte en la sutil y destructiva sustancia estupefaciente que alguien consume sin siquiera conocerte?. Parece que yo tengo la respuesta a esa pregunta.

Eres un reto. Así de simple, cuatro letras, eso eres. Algo que siento quiero obtener no se por qué demonios, porque como bien dije hace unos posts, es “improbable desde el momento de la concepción de la idea”.

Sé que he cometido un error y es quizás  idealizarte gracias a todo lo que tus manos han escrito y que mis ojos han tenido el placer de leer. De los errores se aprende, y ya he aprendido de ese.

También sé que no soy la única que te escribe, como yo hay muchas, lo que si es cierto es que no puedo hablar de los sentimientos o burdos deseos de las demás. Solo puedo hablarte de lo que pasa de este lado del monitor. Bueno, claro está que te vale lo que piense, pero citando tus contagiosas palabras “¡A la verga! ¿sabes?”, si a ti te vale, pues a mi también me vale lo que puedas llegar a pensar después de haber leído esto.

Quiero conocer tus historias, quiero saber el por qué de lo cambios, conocer algún vestigio de esas musas que se han ido y de las que siguen allí. Saber el por qué de tantas de tus ideologías, conocer quizás algún secreto, alguna manía extraña que nadie conozca.

Tal vez con suerte ver ese marcalibros que guardas con tanto amor, y  devoción. Quizás tendría suerte y podría  convertirme en algún personaje pasajero en tu historia, alguien que estuvo un día, te escucho  con vehemencia y luego se marchó. Quiero saciar mis ganas de saber de tus propios labios, al menos algo de lo que guarda tu mente. Quiero más que pocas palabras.

Debería maldecir mi jodida ambición. Resulta que a veces se me olvida la distancia, resulta que a pesar de que tienes propuestas para elegir, siento que no podré quedarme en una más, en palabras vacías escritas por dedos inmaduros. Mi inconformidad no me lo permite.

El problema de querer, es que no es suficiente con que uno solo quiera. Desequilibra por completo  la balanza y no le da sentido a la ecuación.

No soy una de esas chicas bellas que se convierten en DM´s  sexuales o en conversaciones por Skype. No soy como ellas ¿y qué con eso? si después de todo tú no has conocido siquiera una parte de lo soy. Soy la que toma el autobús y llega hasta tu puerta, la que se presenta, la que está. Soy la que quiere de verdad y no solo en palabras. La distancia solo son kilómetros, los sentimientos son jodidos y consecuentes pensamientos que se clavan y se quedan anclados en mi mente día tras día, y bueno, la verdad es que no es justo pasar los días así, sobretodo por el hecho de que no puedo controlar o siquiera mermar el efecto, las secuelas que dejas con cada palabra, con cada  nota.

No puedo evitar esa avalancha indetenible de pensamientos que eres.

Tampoco puedo dejar de leerte o escucharte. Te has convertido en una especie de trastorno, y es que ahora hasta en la conversación más estúpida con otras personas me encuentro colocando todos los signos de puntuación de manera perfecta, eliminando el “etc”, no acentuando el “solo”, y colocando un punto al final de cada oración. Supongo que en muchas ocasiones somos ajenos al efecto mudo y devastador que podemos tener en la vida de algunas personas. Tú, has sido ese efecto para mí.

La verdad es que a menudo me encuentro haciéndome más preguntas, parece ser que mi curiosidad es voraz. Solo pido una digna conversación contigo, quizás después de eso podré pensar y convencerme de que “Sí, aún es un adolescente, una decepción ambulante a la que le hace falta crecer y madurar” jajajá, permíteme reírme de eso que acabo de escribir, pero es que no termino de creer que sea así, sino la curiosidad, las ansías y estas palabras no estuvieran desbocándose aquí. Eres tan inverosímil, que a diario me robas muchas sonrisas de incredulidad.

Quiero conocer la historia de tu mejor amiga, las iniciales que algún día llevarás impresas en la piel,  ver esas fotos en las que no sonríes porque sencillamente no lo sientes, desgastar nuestros Converse en alguna caminata, verte disfrutar de un cigarro y un café, de tu música, y de tus demás vicios y pasatiempos. Observo la imposibilidad de llevar esto a la realidad de un día, pero, es lo que se me antoja, abarque el tiempo que abarque.

Adicción, lágrimas, inspiración, incoherencia, precaución, misterio, arte, intelecto, son algunos de los adjetivos que me gusta atribuirte.

Quiero cantar acompañada de tu voz y una de las amantes que le da más placer a tus sentidos (y a los míos), tu guitarra.

Ven, decepcióname y acabemos con esto de una buena vez, porque tanto pensarte me está consumiendo. Me encargaré de aburrirte (más) para que de una vez me desaparezcas de todos tus accesos. Sería fácil ¿no crees?, después de todo no somos más que un par de desconocidos en la distancia que han intercambiado unas cuantas palabras.

Ven y desencadena tu feroz pensamiento en mi cara, convénceme de que solo eres un pos adolescente más que tan solo sabe hacer un uso inteligente de las palabras.

Sigue siendo el beso que nunca tendré, el abrazo que nunca me envolverá y a cambio seguiré siendo el pensamiento o el deseo que no desemboca en un tweet, en un mensaje, o en una caricia.

Estoy harta de la intangibilidad de esto, perdón, de esta gran “nada”.

Un momento, ¿no estaba intentando responder tu pregunta?, ya ni se en lo que está terminando esta respuesta, pero al fin y al cabo, ¿a quien coño le importa? Solo seré un link que se robará 5 o más minutos de tu tiempo. Sin embargo, si al menos una sonrisa puede robarte este cúmulo de incoherencias, me daré por satisfecha, aunque no pueda verte y disfrutar de ese indescriptible rostro, de la risa de mi desconocido habitual favorito.

Te seguiré llenando de estrellas, esperando que algún día tu rebeldía no aparezca para mandarnos a todos al mismísimo demonio.

Te escucharé y me convertiré en la distancia en tu fanática número uno, la que espera escuchar al menos una estrofa de tus canciones inéditas.

Seré la que te desea y no te tendrá. La que te besa sin besarte, la que te escribe a pesar de todo. Seré el placer culposo, o la nada si prefieres. Seré también lo que no puedas explicar porque después de todo, vencí a tu razón, porque ella aún no logra explicarte ¿Cómo es posible que estas manos te escriban tantas palabras sin sentido?, ¿O me equivoco?.

Seré la chica que no conoces, quien no te dejó dormir alguna vez, y te aburrió con sus preguntas estúpidas. Tu aburrimiento no tiene solución, el mío tampoco.

Seré la que te piensa aunque no lo sepas. La eterna masoquista que le dijo no al Stockholm Syndrome e inventó un nuevo “Masochism Syndrome”.

Tú se el mensaje y las palabras que nunca llegan, mientras yo seguiré amando esos silencios y “no respuestas”, que aún siendo intangibles, me hablan de ti.

Seguiré escribiendo mientras tu atención y tus palabras, se dirigen a otros cuerpos y mentes. Mientras tus pensamientos se distraen con atracciones efímeras, así decido llamarlas, tómalo como quieras.

Tú serás la canción que quizás algún día me atreva a escribir.

Mi festín de palabras favorito, el orgasmo de mis ojos y mis oídos.

¿Estás más claro ahora?.

Postdata: Quizás tengas razón y el término Spam me queda bien.

“Se llama spam, correo basura o mensaje basura a los mensajes no solicitados, no deseados o de remitente no conocido, habitualmente de tipo publicitario, generalmente enviados en grandes cantidades (incluso masivas) que perjudican de alguna o varias maneras al receptor.”

Eruditos [0]

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09:20pm… ¿No les pasa que los últimos minutos de clases son los que transcurren más lento que todos los demás? En fin. Era viernes, quedaban menos de 10 minutos de clase para decirle adiós a la universidad por varios días, no es que me quejara realmente, estaba demasiado absorta en mi libro de Duma Key, y afortunadamente el chico que se sentaba delante de mí, era lo suficientemente alto como para ocultar mi pasatiempo favorito durante la clase de cálculo.

De pronto el sonido habitual de los cuadernos cerrándose y las cartucheras abriéndose, interrumpió la concentración de mi lectura y supe así  que había terminado la clase de aquel día. Suelo sentarme entre los últimos de la fila, así que no me apresuro en recoger sino que por el contrario me tomo toda la calma al hacerlo, mientras espero que todos los demás despejen mi camino hacia la salida.

Una vez que guardé todo el desorden que había en mi pupitre, tomé mi libro y me dirigí hacia la puerta aún leyendo. Justo al comenzar a atravesar el umbral, sentí que las luces del salón se apagaban a mis espaldas,  lo cual me pareció extraño porque siempre soy la última en salir, sin embargo, no solo eso llamó mi atención, de manera repentina, todo se volvió algo confuso.

Sentí una mano que me sujetaba del brazo y me halaba de nuevo hacia el interior del salón mientras cerraba la puerta tras de sí. Mi libro cayó haciendo un ruido sordo contra el suelo junto con mi morral, -el cual no había colgado aún sobre mi espalda- todo esto como consecuencia de la gravedad y de la repentina torpeza de mis manos. En cuestión de segundos había pasado de la puerta a  estar contra el frío pizarrón acrílico y con una respiración calmada y cálida que se extendía por todo mi rostro. No tuve tiempo de pensar o de reaccionar, al menos no de la manera más convencional, o socialmente aceptada-esperada, solo distinguí una pausa en esa respiración que había comenzado a socavar el raciocinio de mis sentidos, durante la cual los labios que tenía cerca de mí en ese momento, habían susurrado un par de palabras en mi oído que nunca logré traducir, el deseo ya estaba haciendo de las suyas en cada una de las extremidades de mi cuerpo.

Acto seguido los labios de ese desconocido se deslizaron sobre mi mejilla culminando su lento recorrido en mis labios, primero despacio, como solicitando indulgencia, luego a medida que transcurría el tiempo y viendo que no existía la menor señal de rechazo por parte de los míos, la  timidez se fue convirtiendo en una suerte de intensidad suave, atractiva, y seductora.

No sé cuánto tiempo pasamos en esa aula oscura, levemente iluminada por la claridad de la luna que se colaba entre las rendijas de las ventanas ya cerradas, pero mientras estuvimos allí, presos por nuestros labios que recién se conocían, escuchábamos voces y risas que provenían de afuera, de ese mundo de corredores palpitante de estudiantes que en ese instante nos era tan ajeno.

Más pronto de lo que podríamos haber esperado, nuestros cuerpos nos pedían más que besos y un simple juego de caricias, ya no eran solo nuestros labios los que se pedían con locura y desenfreno. Despacio comenzó el festín de nuestros dedos ansiosos que con cierta torpeza, pero sin miedo, comenzaron a desvestirnos mientras nuestros labios seguían incansables en la mejor tarea que les habían asignado en todo el semestre. De seguro en cualquier otra actividad de esa materia, no habríamos hecho tan buen  equipo, no hubiésemos logrado tal acoplamiento.

Ya el suelo se hacía insuficiente para nuestros pies, así que tomamos posesión de ese antiguo y desgastado escritorio que de seguro nunca había presenciado tan magistral clase desde su incorporación en ese recinto universitario. A pesar de ser tan extraños, mi pecho, ya desnudo, parecía amoldarse de forma perfecta al suyo, mientras mis manos recorrían su espalda con suaves e intensas caricias llegando hasta su cabello, en donde se enredaban, se perdían, y jugueteaban con un dejo de ternura.

Así,  el silencio se iba apoderando de los pasillos y ese olvidado salón de nuestros gemidos.

Mi lengua se volvió el mejor instrumento para recorrer la geografía de su cuerpo, comenzando desde su pene, en donde el recorrido fue más pausado y comenzó a volverse más rítmico mientras sentía que la fuerza de sus manos me pedía en silencio que me detuviera allí mucho más, así como luego mi lengua ambiciosa quiso seguir recorriendo esa anatomía que parecía ser tan excelsa. A pesar de las sombras, de la oscuridad, era fácil distinguir un abdomen delgado, era tan fácil disfrutar con el gusto, el tacto y el olfato, de esa piel tan suave, de ese pecho que incitaba a hacer de él, el mejor remanso.

Como sea y un poco en contra de su voluntad mis labios comenzaron a subir por su abdomen alternando con mi lengua que no podía dejar de disfrutar también de ese manjar lleno de una dudosa mortalidad. Ambos se detuvieron  un poco al encontrar sus pezones, duros de excitación, y mientras sus manos apretaban con una incipiente fuerza mi espalda, mi lengua jugueteaba traviesa con su nuevo par de amigos. Me gustaba disfrutar del silencio que quedaba tras la puerta porque hacía más placentero el sonido de nuestros gemidos, y ya de nuevo frente a frente, podía sentir que sus ojos de mirada intensa me desvestían aún más en la oscuridad, fue allí cuando ya esos genitales que tanto nos describieron en otrora clases de biología o salud, se habían fundido ansiosos en eso para lo que se hicieron. Aquí, no había cabida para romanticismos.

Con cierta presteza los movimientos se fueron rebelando, y comenzaron a hacerse más intensos, reclamando mayor energía, fuerza y dedicación de nuestra parte. Mientras él seguía devorando mis labios todo mi cuerpo se estremecía de una forma casi absurda ante los suaves deslizamientos de sus dedos sobre mi espalda. Su lengua también se volvió salvaje e indómita y quiso recorrer nuevos lugares, bajando hacia mis senos en donde se quedó un momento mientras su mano se deslizaba segura hacia ese lugar debajo de mi vientre en donde ya esa zona húmeda lo esperaba con inexplicables ansias.

Poco a poco, sus manos, sus brazos, parte de su alma se volvieron mi prisión, una prisión en la que valía la pena ser condenado de por vida.

De haber estado lleno el salón hubiésemos sido la clase más interesante que cualquier estudiante hubiera podido presenciar. No hubiese ningún chico distraído escuchando música en su Ipod, o alguna chica solitaria devorando algún libro de suspenso desde los últimos pupitres. Nos volvimos los mejores maestros en materia de placer, porque a pesar de ser desconocidos habituales, a pesar de no cruzar palabras, solo gemidos y sollozos, nuestros cuerpos resultaron ser bastante sociales, bastante complacientes, entes conspirando para alcanzar su recién descubierto objetivo: satisfacer cada pequeño deseo, antojo y  petición silenciosa del otro. Sobre la lisa y fría superficie de ese escritorio en donde sólo habían quedado restos del ADN de cuanto profesor hubiese adoctrinado allí, ahora estaban nuestros cuerpos, húmedos, extasiados, sedientos, porque después de todo, aquellos minutos no serían suficientes. Ambos lo sabíamos.

Ante ese repentino pensamiento de dejadez, logré apresarlo con mis piernas, temiendo que pudiera escapar de aquel lugar, pero resultó que su cuerpo correspondió ante aquella medida acercándose mucho más al mío, como si aquel pensamiento hubiese sido compartido. Sentía que me perdía en el estupor mientras mi desconocido tuvo que callar mis gemidos a besos porque ya habían alcanzado decibeles de alarma, y ninguno de los dos quería ser interrumpido, descubierto, a pesar del plus que esa adrenalina le brindaba a nuestro encuentro, y menos habiendo alcanzado el punto máximo, ese orgasmo tan sentido, tan disfrutado de tantas maneras físicas y psicológicas.

Hubo una pausa en la cual mi nariz curiosa quiso disfrutar de su olor, y mis labios, los alumnos más inteligentes de aquella clase magistral, ansiosos quisieron hacer un esfuerzo especial al pasar cerca de su cuello, aquel era un espacio que debía disfrutarse como ese paisaje que anhelas ver al finalizar un largo y tedioso viaje. Mi boca comenzó a deslizarse poco a poco con besos breves, cubriendo cada poro, y luego se unió al juego mi lengua, que tímida lamía de a poco rincones muy bien elegidos de ese lugar tan perfecto, para luego complementar con lentos y sutiles besos. Besarlo era tan placentero. En su cuello encontré el placer de muchos de mis sentidos, mientras mi vista recreaba los gestos de su rostro, mi olfato disfrutaba de ese olor tan fascinante y mis oídos se deleitaban con el  tono cadencioso y a tiempos desesperado de su respiración. No cabía duda de que esa era una manera de perder felices la razón, de volvernos animales ansiosos de más piel, más pasión, más placer, por culposo que pudiese ser. Teníamos algo en común, éramos ambiciosos e inconformes.

Una vez que disfruté de su cuello, continué mi ruta de nuevo hacia sus labios. No podía dejar de morderlos de una manera suave y a la vez con fiereza. Mis labios se volvieron egoístas, caprichosos, sentían que besos y labios como los de él tenían que pertenecerle, tenían que ser sólo suyos y no de otra boca con algún título superfluo como novia, amiga con derecho, amante, o cualquier otro mutuamente elegido y pactado entre él y esa desconocida que desde ya envidiaba.

Fue así como llenamos nuestros cuerpos de una historia más, y ambos disfrutamos de esas historias dejadas por otros cuerpos que aminoraron nuestra inexperiencia.

Fue interesante vivir todas esas clases de ciencia y salud que ya parecían tan lejanas. Fue en demasía satisfactorio conquistar cada parte de su cuerpo, cada centímetro de sus labios, capturar el sonido de cada una de sus respiraciones entrecortadas.  Fue placentero disfrutar de los fluidos que me regalaba su cuerpo, y ser parte del calor de su piel. La verdad es que no sabía quién era, no sé siquiera si alguna vez volteé a verlo en clase, en el cafetín o si quizás había tropezado con él en algún pasillo. No lo sabía, pero ni mi cuerpo, ni mi conciencia mostraban el menor arrepentimiento al haberse entregado a ese ser cubierto de oscuridad y de tanta luz a la vez.

Tanto placer no podía dejar de causar estragos en nuestra humanidad, y luego de alcanzar ese clímax, nuestros cuerpos se vieron en la necesidad de retomar la calma entre respiraciones agitadas que volvían a ese sosiego que no querían. Abandonamos nuestro improvisado lecho, y comenzamos a vestirnos de nuevo, en silencio. Pude percatarme de algo en lo que antes no había reparado, mi amante furtivo era bastante alto, un factor que sólo lo volvía más seductor, aún sin ser consciente de ello.

No nos despedimos. Interrumpir con palabras burdas aquel silencio tan elocuente, era acabar con la atmosfera tan intraducible que había en aquel lugar. Tomé mi libro que aún yacía en el suelo junto a mi morral y sin mirar atrás abandoné el salón sabiendo desde ese instante que en cada clase, seguiría abstraída, pero no porque mis ojos se deslizarían entre las páginas de un libro, sino  porque mi mente recrearía una y otra vez, aquella noche sin nombres, sin palabras, sin expectativas, sin preguntas, sin restricciones ni temores.

Nosotros, dos desconocidos, podríamos haber sido el más efectivo  método de enseñanza sobre cómo tener el mejor sexo casual en un lugar nada habitual. Decidimos que la teoría era demasiado ortodoxa, anticuada, aburrida, arcaica, y cualquier otro sinónimo relacionado con el hastío. Suprimimos los cánones habituales de aprendizaje, pasando directo a la práctica, sin preámbulos, sin introducciones ni conclusiones.

Nosotros, fuimos y seguiríamos siendo los cuerpos más eruditos que ese salón acogería entre sus muros.